"Cuando empecé a crecer, ya estaba todo roto: rotas las vidas de
mis padres, eso era evidente, y rotas las nuestras, que habíamos sido
violentamente arrancados de la clase social y del lugar al que
pertenecíamos. Cuando pasó el verano, nos dimos cuenta de que también la
casa estaba rota. Si llovía, aparecían goteras que nos obligaban a
desplazar las camas de
sitio para colocar cubos que cada tanto era preciso vaciar. Si hacía
viento, las corrientes de aire entraban de forma violenta en las
habitaciones provocando estremecimientos sonoros en los bastidores de
las ventanas, cuyos delgados cristales se agitaban como atacados por una
embestida de pánico. No cerraban bien las puertas porque todo estaba
fuera de quicio, de lugar, nada encajaba en su molde, tampoco las
palabras con las que intentaban explicarnos por qué habíamos caído en
aquella situación indeseable". Juan José Millás

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