domingo, 31 de julio de 2016

EL EXILIO SEGÚN VICTOR HUGO

«Mientras uno vive en su ciudad natal, cree que las calles le son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles son como otros cualesquiera; que las casas cuyo umbral no se pisa son inútiles; que el suelo que se pisa es solamente piedra. Pero después, cuando se ha abandonado, se conoce que aquellas calles son objeto de cariño; se siente la falta de aquellas ventanas, de aquellos tejados y aquellas puertas; se echa de ver que aquellas paredes son necesarias; que aquellos árboles son queridos; que en aquellas casas cuyo umbral no se pisaba se entraba todos los días, y que el desterrado ha dejado su sangre y su corazón en aquel suelo. Todos esos sitios que no se ven ya, y cuya imagen se ha conservado viva, toman un encanto doloroso, se presentan con la melancolía de una aparición, hacen visible la tierra sagrada; se les ama; se les evoca tales como son, tales como eran; se recuerdan obstinadamente, y no se nota que hayan cambiado nada, porque se ve en ellos el rostro de la madre».