“La felicidad o la desdicha era una simple
cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida
transcurría en un equilibrio constante entre el toma y el deja. Y lo
difícil no era tomar, sino dejar,
desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio. Aquí estribaban las
posibilidades de felicidad de cada humano: en que su facultad de
desasimiento fuese más o menos elástica, en que el hombre estuviese más o
menos aferrado a las cosas materiales. Por ello tal vez el secreto
básico estuviese contenido en el hecho de no tomar nunca para no tener
que dejar nada. Era un remedio negativo, de renunciación, pero, con
certeza, el adecuado a mi calidad humana, desprovista de reservas y de
capacidad de sacrificio. Lo cuestionable consistía en saber si el hombre
tiene alguna probabilidad de subsistir sin aprehender nada, desasido de
todo, desconectado de los seres y las cosas que le rodean; si el
individuo es capaz de desarrollar su individualidad propia y primitiva
sin necesidad de echar mano de recursos extraños a sí.
La
cabeza empezaba a calentárseme restregada por el decurso de los primeros
razonamientos. Quise imaginarme a un grano de trigo aislado de los
demás granos, sin rozarse con ninguno, dentro de un saco; deseé poder
concebir un punto de arena en una playa sin conexión alguna con otros
puntos; quise aislar una molécula de agua en el seno de la mar, y no me
fue posible. La realidad se me imponía con las armas de la lógica. Nada
puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de
coordinación o de mando. Todo está incrustado en un orden
preestablecido, sometido a leyes fatales o voluntarias, pero que por sí
hablan ya de una coordinación y un nexo al menos relativos. Deseé
imaginarme a un hombre autónomo, independiente de otros hombres y de las
cosas en un grado absoluto. Voló mi imaginación a un peñasco solitario
del mar mayor del universo. Allí situé a mi hombre imaginario. Le di por
oficio el de torrero del faro. Al momento se me impuso de nuevo,
implacable, la fuerza de la realidad. Ese hombre venía de algún punto;
naturalmente, de otro hombre. El faro debería arder de noche para evitar
el naufragio de otros hombres. Sobre esto el torrero había de atender a
sus necesidades ineludibles: comer, vestir, cultivar su espíritu. Ya
estaba mi hombre encadenado; sujeto a la ráfaga interminable de la
dependencia, de la conexión, de la fatal coordinación a otros hombres y a
otras cosas. El hombre absolutamente aislado era inconcebible. En ese
equilibrio entre el toma y el deja, no era solución posible el no tomar
nada para no tener que dejar nada. La encrucijada del desasimiento, en
más o en menos, había de llegar forzosamente para todos.” Miguel Delibes
jueves, 8 de mayo de 2014
EL MUNDO
"Cuando empecé a crecer, ya estaba todo roto: rotas las vidas de
mis padres, eso era evidente, y rotas las nuestras, que habíamos sido
violentamente arrancados de la clase social y del lugar al que
pertenecíamos. Cuando pasó el verano, nos dimos cuenta de que también la
casa estaba rota. Si llovía, aparecían goteras que nos obligaban a
desplazar las camas de
sitio para colocar cubos que cada tanto era preciso vaciar. Si hacía
viento, las corrientes de aire entraban de forma violenta en las
habitaciones provocando estremecimientos sonoros en los bastidores de
las ventanas, cuyos delgados cristales se agitaban como atacados por una
embestida de pánico. No cerraban bien las puertas porque todo estaba
fuera de quicio, de lugar, nada encajaba en su molde, tampoco las
palabras con las que intentaban explicarnos por qué habíamos caído en
aquella situación indeseable". Juan José Millás
LOS PASOS PERDIDOS
"La casa fue antes de gente señora; conserva grandes muebles de madera oscura, armarios profundos y una araña de cristales biselados que se llena de pequeños arcoiris al recibir un último rayo de sol bajado de las lucetas azules, blancas, rojas, que cierran el arco del recibidor como un gran abanico de vidrio". Alejo Carpentier
SE QUESTO È UN UOMO
“Nulla è più nostro: ci hanno tolto gli abiti, le scarpe, anche i capelli; se parleremo, non ci ascolteranno, e se ci ascoltassero, non ci capirebbero. Ci toglieranno anche il nome: e se vorremo conservarlo, dovremo trovare in noi la forza di farlo, di fare sì che dietro al nome, qualcosa ancora di noi, di noi quali eravamo, rimanga.”“Si immagini ora un uomo a cui, insieme con le persone amate, vengano tolti la sua casa, le sue abitudini, i suoi abiti, tutto infine, letteralmente tutto quanto possiede: sarà un uomo vuoto, ridotto a sofferenza e bisogno, dimentico di dignità e discernimento, poiché accade facilmente, a chi ha perso tutto, di perdere se stesso; tale quindi, che si potrà a cuor leggero decidere della sua vita o morte al di fuori di ogni senso di affinità umana; nel caso più fortunato, in base ad un puro giudizio di utilità. Si comprenderà allora il duplice significato del termine << Campo di annientamento >>, e sarà chiaro che cosa intendiamo esprimere con questa frase: giacere sul fondo.”“ Eccomi dunque sul fondo.” Primo Levi
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